Vivimos rodeados de pantallas, de notificaciones, apurados por responder y ansiosos por alcanzar metas y sueños. La prisa genera ruido. El ruido no solo invade nuestras ciudades sino también nuestra mente y nuestro corazón. La presencia del ruido y la ausencia del silencio nublan nuestra capacidad de discernimiento. Somos tentados a perseguir una vida “ideal”, poblada de bienes materiales y posición social, adoptando un guión que no es realmente nuestro. Simultáneamente está la urgencia por cumplir con obligaciones financieras mensuales que nos invitan a ser más productivos y acelerados. Surge consecuentemente una ansiedad que, en muchos casos, se convierte en estrés.
La prisa, adherida a nosotros como una sombra que muchas veces no logramos notar, se debe a una programación sistemática, a ideologías y a plantillas de pensamiento fomentadas por el estado profundo, por las estructuras de control que rigen a las sociedades. Se promueve el temor al paso del tiempo, a la escasez, a la enfermedad, a la soledad y a la muerte. Se suman a la lista el afán por el éxito inmediato y la validación externa, lo que a su vez genera el temor al fracaso y al rechazo que se dejan notar cada vez con mayor frecuencia en la humanidad.
La inmediatez en lograr metas superficiales y el adoctrinamiento que lleva a la humanidad por caminos que la alejan de una evolución integral, son herramientas que el sistema sostiene a través de todos sus canales. Entre los de mayor influencia están la política, la ciencia, la religión, la educación y el entretenimiento. Con un discurso aprendido y adoptado a través de la educación familiar, escolar y universitaria, de la industria del entretenimiento y del marketing y de las estructuras sociales, el ser humano es aprisionado voluntariamente en una cárcel de mecanicidad sin beneficio saludable. La prisa por llegar al destino suele adormecer nuestra conciencia y no nos deja tiempo para la reflexión y el cuestionamiento ni para disfrutar del trayecto. Simultáneamente, nos desconectamos de la creatividad latente que no solo es una virtud de músicos o artistas, sino también de cada ser humano.
Estos programas y condicionamientos afectan de maneras similares a todos los sectores y actividades humanas. La música no es la excepción.
Los músicos solemos pensar que mientras más rápido tocamos, somos más virtuosos. Asimismo, esperamos que el proceso de aprendizaje sea breve y veloz. Pero, la verdad es que mientras más rápidamente procedemos, menos captamos y más tiempo nos toma el aprender lo que sea que estemos intentando. De manera contraria, mientras más lentamente procedemos, podemos aprender con mayor claridad, con mayor conciencia y, paradójicamente, más rápidamente. Como oyentes de la música, podemos percibir y apreciar con mayor profundidad detalles de obras musicales que tienen un tiempo lento.
Elaboré una frase que comparto con mis alumnos y que les suele sonar increíble en el sentido literal de la palabra. Es decir: no creíble.
“Si quieres aprender rápidamente tienes que practicar lentamente”. Es como la ley inversamente proporcional de las matemáticas.
Por otro lado, la prisa no es lo mismo que la rapidez. Igualmente sucede con la calma y la lentitud. Estos estados no están necesariamente condicionados entre sí. Por ejemplo, podemos caminar rápidamente por la calle y estar en calma por dentro. También podemos estar caminando lentamente y sentir prisa y ansiedad. Esto funciona de la misma manera en la ejecución y la interpretación musical.
¿Podemos hacer algo para salir de este rumbo sinuoso y modificar nuestras plantillas de pensamiento y acción?
¡Así es! Podemos darle un giro al “mainstream” actual y diseñar una cultura paralela dotada de prácticas que nos devuelvan la autonomía, la conciencia de nuestro propio ritmo para transitar en calma y experimentar satisfacción en cada paso del camino.
A continuación, enumero 3 puntos que considero esenciales para lograr calma en vez de prisa. Los invito a colaborar comentando lo que ustedes piensen sobre este tema, así como a compartir sus prácticas preferidas para bajar las revoluciones.
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Practicar la respiración consciente como mecanismo de equilibrio interior. La respiración profunda y lenta tiene influencia en el ECG (electrocardiograma) y el EEG (electroencefalograma). Nos permite disminuir la velocidad de los latidos del corazón, así como la frecuencia eléctrica del cerebro logrando un estado de calma y bienestar.
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En la práctica musical, darnos la oportunidad de tocar música en tiempo lento, procurando sentir satisfacción en cada nota. Cada sonido musical es un portal a un mundo interno de una riqueza inefable. Depende de cada persona, según sea su valoración del sonido o su estado de conciencia, el que logre entrar en ese mundo infinito de belleza y misterio.
- Detenernos a reflexionar y cuestionar al sistema. Preguntarnos si los ideales que promueve realmente son beneficiosos para nosotros, si nos permiten expresarnos en libertad, si sirven para desarrollar nuestro potencial y evolucionar cada vez más hacia una mejor versión.
Está en nuestras manos ser conscientes de lo que realmente queremos para nosotros y así diseñar nuestro ritmo personal de vida.
- Por José Luis Madueño -
